Friday, 15 July 2011

Ultimos dias en India

Se llega a una ciudad desconocida como a una primera cita: con incertidumbre y con ganas de que sea justo-lo-que-se-espera… Jaipur llenó todas las expectativas. Nos quedamos en el lado urbano absorbiendo unas pocas atracciones; para la gran mayoría de sitios turísticos no hubo tiempo. Nuevamente como hace unos años en las calles de Paris, seguimos los pasos de Julio Cortázar; esta vez con la Prosa del Observatorio fresca en la memoria como brújula para orientarnos en el Jantar Mantar de Jaipur, un observatorio astronómico hecho por un Majaraya poco convencional con los ojos bien puestos en las estrellas.

En Jaipur la contundente lluvia del Monzón nos cayó encima por primera vez una tarde mientras deambulábamos entre bazares de textiles y zapatos de puntas enroscadas. Después del extenuante calor del medio día estar en medio de esa lluvia y sin sombrilla es una bendición, los arboles lucen agradecidos y ligeros después de la lluvia y el taconeo rotundo de las gotas opaca por un momento los pitos ensordecedores de los rickshaws. Dando brinquitos para evitar charcos en semejante escenario, casi sin proponérselo, uno se siente como protagonista de comercial de Ajax Pino.

El Hawa Mahal, una de las construcciones más interesantes que hemos visto en India y la más asombrosa de Jaipur, me abismó por razones contrarias. El bien llamado Palacio de los Vientos es impresionante, entre más se sube de nivel el lugar se hace más intrincado y más fresco; la atención al detalle se nota en cada ventana, en cada columna. Sin embargo es difícil disfrutar de la vista cuando se sabe que fue construido como claustro para las mujeres reales, entiéndase para las esposas del caballero de turno en el poder. El edificio “protegía” a las mujeres de las miradas masculinas, lo cual realmente significa que éstas, desde su claustro lleno de agujeritos, persianas y ventanitas perversamente pequeñas, podían ver pero no tocar el mundo exterior. Con el hermoso palacio del viento se validaba una vez más la absurda purdah impuesta a las mujeres a causa de las inseguridades patriarcales. El palacio es encantador y me gustaría poder divorciar el lugar del uso para el que fue construido, pero no puedo y entonces para mí esa jaula de oro sigue siendo jaula, como la purdah en pleno 2011 sigue oprimiendo a millones de mujeres, ocultándolas detrás de velos para tranquilidad de todos menos de ellas.

Pero dejo mis cuestionamientos feministas para otro texto y regreso al itinerario. De Jaipur pasamos a Agra, la ciudad del Taj Mahal y también probablemente la ciudad más sucia y caótica que he visto. El Taj Mahal es definitivamente impresionante. La historia oral cuenta que lo construyó el adolorido Majaraya Shan Jahan para albergar el cadáver de su esposa favorita con la que tuvo 14 hijos; sin embargo John Keay, en su libro de historia India, sugiere que los motivos que lo movieron tenían más que ver con orgullo dinástico y simbolismo Islámico que con la historia romántica que cuenta la canción de Jorge Ben. Afortunadamente cuando estuve allí aún no había visto el comentario de Mr Keay.

De Agra fuimos a Varanasi, y Varanasi me resultó más grande que India, como que todas las corrientes confluyen ahí, literal y metafóricamente bajando por las aguas del rio Ganjes. Las calles están demasiado vivas para ser una de las ciudades más antiguas del mundo, miles de peregrinos deambulan descalzos y con las cabezas afeitadas, las vacas invaden las angostas calles por las cuales no deberían pasar más que un par de personas pero por las que pasan motos, rickshaws, bicicletas, procesiones, bandas que acompañan las procesiones, policías de esculturales bigotes, turistas, sadhus, vendedores de guirnaldas de flores para el templo de Oro y tantas otras imágenes para las que no hay espacio, ni aquí ni en las calles. En Varanasi tuve el mal juicio de ir al ghat (escaleras a la orilla del rio) Manikarnika donde se creman los cadáveres. Hice el tour, aspire el humo asfixiante que a veces (en las hogueras de los muertos ricos) traen notas de madera de sándalo. Aprendí de las diferencias de trajes de los muertos, conocí uno de los hospicios donde llegan los creyentes moribundos a pasar sus últimas horas. Una vez muertos son lavados en el rio y luego cremados en las fogatas de las orillas del Ganges que según dicen tienen la propiedad de poner fin al ciclo de nacer y morir y volver a nacer. No fue necesariamente lo que vi en las hogueras ardientes, ni en los pasillos ni en el mismo rio lo que me hace pensar que juzgué mal en haber ido, sino en cambio fue la sensación de no pertenecer ahí, de no tener por qué estar ahí. Los celebrantes parecían bastante pragmáticos, incluso los familiares de los muertos a los que bañaban con prisa y sin muchos reparos carecían del drama judeo-cristiano de las ceremonias de muerte que yo conozco. La actitud del guía que me dio el tour por el ghat también me dejo perpleja. Al final me llevó donde un Sadhu en uno de los hospicios donde esperan su hora los moribundos y me tradujo sus palabras, preguntas sobre mi familia, para al final darme una bendición prefabricada y preguntarme con cuantos kilos de madera querría yo contribuir. 250 rupias el kilo, con ese dinero, dijo, compran madera para cremar a los que no tienen como pagar. Yo cerré la transacción donando un modesto kilo (la mayoría de la gente me dijo el guía insatisfecho, donan dos o tres o más!). Salir de ahí y encontrar a Oisin subiendo escaleras de dos en dos y a Gareth fresquito y bebiendo agua fue como despertar de un sueño largo.