Monday, 4 July 2011

Confesion

Para hacer justicia con las realidades de nuestro viaje me siento en la obligación de compartir una afirmación: LA INDIA APESTA. Así de simple y sin concesiones. El maravilloso subcontinente que nos fascina con todas sus explosiones de colores y sabores me sobrecoge con los olores fétidos de sus calles. Muchos de los olores nauseabundos los he olido antes, y quienes me conocen saben que no soy particularmente melindrosa, sin embargo en tres semanas que hemos estado aquí he llegado a conocer el límite de la náusea.

De chica iba a la plaza de mercado los viernes con mi mamá a comprar frutas y verduras y siempre había charcos donde se mezclaban los olores de la comida semi-descompuesta con las aguas negras o con las urgencias humanas, pero estos olores estaban usualmente confinados a espacios específicos y uno pasaba rápido y los olores se quedaban atrás. En Glastonbury 2000 vimos en concierto a Morcheeba y a Moby entre otros, pero cuando pienso en esos tres días de festival, la memoria más clara es la de los baños portátiles apestosos haciéndole seria competencia a la banda sonora. Pero ni el festival ni las plazas de mercado de Tunja me endurecieron tanto la panza como para poder lidiar adecuadamente con la mezcla inclemente de olores terribles que ofrece India. Y es que India apesta porque a la gran mayoría de sus habitantes les importa un sieso la higiene a nivel público.

Hace un par de posts mencioné que subiendo en tren por los Himalayas daba pena ver los cauces de ríos secos y las laderas de las montañas poblados de botellas, costales, harapos y mil cosas más. Botar la basura al suelo es simplemente una de las cosas que se hacen sin pensarlo dos veces y no solo en India, en Colombia aún se ven paisanos botando la basura por la ventana de los carros y en Cardiff también viven especímenes así. Con lo que realmente no sé lidiar es con la mezcla de basura, excrementos y aguas negras que se amalgaman en una inmunda trinidad omnipresente en los espacios públicos de la India.

Ayer, después de una día completo recorriendo Jaipur que se despertaba radiante después de los chubascos del monzón, me imaginaba lo lindas que serían esas calles con todos sus personajes y edificios maravillosos, si los olores que predominaran fueran los de los inciensos que se encienden en cada árbol y en cada esquina en altares a los tantos dioses hindúes, si la fragancia de los mangos inusualmente aromáticos se pudiera distinguir al pasar por las carretillas donde los venden lindamente arreglados en platones de lata, si la madera de sándalo, si los perfumes de aceite, si el cardamomo y demás especias…

Usar las calles como baño público es, no solamente normal, sino descaradamente permitido. Uno necesita realmente ver donde pone los pies pues en cada esquina que uno dobla, en cada calle estrecha, detrás de cada poste de luz, de cada muro, debajo de cada escalera asecha la realidad de esta cultura que una escritora India describe como urgencia de purificación. Según lo explica en su libro Karma Cola, los habitantes de este país utilizan cualquier oportunidad para deshacerse de los impuros productos de sus organismos, no importa donde los coja el momento, lo importante es deshacerse de la carga.

Yo, marcada por principios cristianos y no hindús, me reservo mis urgencias para la privacidad de mi propia compañía, le doy cuerda a mis moralismos occidentales y bendigo hasta el punto del fanatismo a los pañitos húmedos que me dio mi amiga Sandra Gómez en Londres, al agua, al jabón y al desinfectante aceite de árbol de té y me baño minuciosamente después de entrar a nuestra habitación de turno en los pulcros hoteles de la India.