Saturday, 18 June 2011

Todo Se Arregla 1

Uno se da cuenta que está de vacaciones cuando tiene que recurrir a la prensa local para saber en qué día de la semana está. Así me enteré, con un día de anticipación, que al día siguiente estaría de cumpleaños, ojeando el Hindustan Times mientras almorzábamos en un restaurante a la orilla de la carretera de camino a Dharamshala.

Salimos de Mandi con rumbo a Dharamshala a las ocho y media de la mañana y sin más certeza que la palabra de un señor amable nos subimos en el bus que él nos recomendó. Error. El paradero de bus estaba correcto, la calidad del bus mochilero sería la misma, pero el bus que tomamos paró en cada lugar habitado por más de una familia. Total un viaje que se pudo haber hecho en cinco horas nos tomó casi siete. Y dos horas de diferencia se sienten como una eternidad cuando la constante nube de polvo, calor húmedo y hacinamiento dentro del bus lo ponen a uno a pensar por que carajos no escogimos viajar por Noruega.

A mí particularmente los viajes por carreteras serpenteantes se me han dado mal desde chica; mala cosa para alguien que nació casi a tres mil metros de altura en los Andes y que decide viajar de mochilera con un hijo de tres años y un marido de roble a los que parecen no afectarles las maniobras dementes de los choferes de los Himalayas. Pero nos bajamos del bus en el destino final y apenas empiezo a ver las caras con rasgos que no reconozco todo aparece en perspectiva y me alegro de no estar en ningún otro lugar. Mi mareo se va y todo se arregla.

Un fotógrafo comento en algún lado que India no es un lugar de paisajes sino de rostros. Qué manera de complementar los rasgos que ya tienen con turbantes, barbas pobladas, cabellos rojos y naranjas de hena, frentes ungidas de anilinas brillantes, narices perforadas que se conectan con cadenitas a orejas multi-perforadas. Y luego los trajes con detalles intrincadísimos, las mujeres envueltas cuidadosamente saris y otros vestidos en los que la correspondencia de los colores nunca es arbitraria, los hombres Sikh, con sus barbas frondosas y los coloridos turbantes. Un sentido de la estética muy diferente.

Ayer bajando por la orilla de un rio casi seco de piedras grandes, vimos a un grupo de hombres mayores de la religión Sikh, sentados sobre una piedra enorme y conversando. Yo desde lejos los “romantice” de una, y especulé que seguramente discutían asuntos teológicos (¿por qué, qué más podía hacer un grupo de hombres así en un lugar como éste?). Gareth y Oisin que iban adelante se detuvieron para hablar con ellos. Después de las preguntas de siempre, edad del niño, país de origen, llegué yo para darme cuenta que entre todos intentaban persuadirlo de “echarse unito”, un whiskey! le repetían claramente, uno chiquito insistían, nosotros aún no estábamos ni pensando en almuerzo!!

Así que al final todo se arregla, las cargas se recomponen. Mis dudas de los motivos del viaje desaparecen apenas me bajo del bus, los estereotipos de la gente-símbolo se esfuman cuando entablamos conversación. Hace dos días una monja Tibetana se nos acercó indicando al niño (no se ven muchas mujeres monjas a propósito) Gareth y yo nos hicimos al lado para facilitar el encuentro. Le cogió los cachetes, le agarró las manitos entre sus manos y al irse volvió a indicar las sandalias de Oisin que estaban puestas al revés, y se fue despacito, enroscándose la mala (el rosario) en la muñeca.