Friday, 24 June 2011

McLeod Ganj

Después de mis tortuosas experiencias en bus para llegar al norte de la India tuvimos una semana tranquila y sin mucha actividad en McLeod Ganj, justo lo que necesitábamos para emparejar las cargas. McLeod Ganj es un paraíso para los viajeros en busca de experiencias espirituales. El gobierno Tibetano en exilio vive ahí así que el lugar está rodeado de monasterios. Pero además de los monasterios hay muchas escuelas de Yoga y de meditación y centros de retiro que ofrecen cursos hasta de varios meses de duración. Por todos lados se ven monjes con las típicas túnicas tibetanas y el pelo rapado. Los tibetanos laicos también se identifican fácilmente por los rasgos físicos tan diferentes de los Indios.

Apenas corrí las cortinas de nuestro cuarto de hotel me di cuenta que estábamos justo en frente del Hospital Tibetano de Medicina Herbal, que ganas de conocerlo por dentro! La oportunidad para conocerlo me la dio Oisín un par de días después de llegar. La uña del dedo gordo de su pie derecho se infectó después de que se le partiera jugando y en cuestión de horas el dedo estaba inflamado, rojo y bastante infectado. Inicialmente le limpie con aceite de árbol de té que tenemos en el botiquín, pero después de un día de infección fuimos a sacar una cita en el hospital Tibetano.

Sobra decir que todas mis expectativas fueron superadas. El lugar funciona con una precisión increíble. La cita me la dieron inmediatamente y en menos de 15 minutos estábamos en la oficina de un monje Tibetano sereno y sonriente. Después de mirar la uña de Oisín me dijo que él no podía hacer nada al respecto porque la infección ya estaba cediendo, total le cogió los cachetes al mejor estilo Indio y me dijo que el niño estaba bastante saludable. Entonces “ya entrados en gastos” como diríamos en Boyacá, le pedí que me hiciera un chequeo a mí. Antes de hacerlo me habló de los principios de la medicina Tibetana y me explico que aunque ellos son médicos con formación académica formal, complementan su educación haciendo investigación con las plantas tradicionales de sanación tibetanas. Cada médico dedica un día a la semana a hacer consultas y el resto a hacer investigación en laboratorio. Me tomo el pulso, me miro la lengua con detenimiento y me explico los motivos, según su opinión, que han ocasionado mi dolor de espalda en los últimos años. Me hizo acupuntura y me dio una fórmula médica para 10 días. Ir a la farmacia del hospital a recoger las pastillas fue igualmente fascinante. Las pastillas son bolitas compactas hechas de hierbas combinadas. Están deliciosamente ordenadas por tamaños y colores en recipientes circulares de vidrio en estantes de madera que alguna vez estuvieron pintados de verde. Total, placebo o cura, estoy tomando mis pastillas de hierbas y la uña de Oisín se curó solita.

La otra buena cosa de estar en McLeod fue que Oisín consiguió comida sin ají, parece que después de unas semanas aquí él ya no quiere comer nada picante. El restaurante de nuestro hotel no solo tenía un menú continental, como llaman a la comida que no sea India, sino que además estaba lleno de opciones deliciosas. Uno de nuestros favoritos fueron los momos, unos pastelitos rellenos de verduras (los de espinacas con queso fueron los mejores) que se pueden comer al vapor o fritos y que se complementan con salsa picante y salsa de tomate.

Tuvimos el gusto de conocer gente linda, en especial una pareja de Neoyorkinos con una bebe preciosa. Con ellos nos fuimos una mañana temprano a caminar por las montañas. Después de más de dos horas de ascenso y una lluvia magistral que no nos dio tregua durante la última media hora, terminamos tomando refugio en una tienda con el mejor Chai (té con especias) que hemos probado. Fue tal la mojada que nos pegamos que a mí me toco abandonar la camisa empapada y comprar una de las camisas que el señor del Chai vende en su tienda. Los pantalones me toco reemplazarlos por una sabana medio rota que el mismo señor nos prestó y a Oisin tuvimos que comprarle medias de lana (hechas a mano y ahí mismo por la esposa de Mr Chai) y una camisa de adulto que muy convenientemente le cubría todo el cuerpo. Después de casi dos horas y muchos Chai la lluvia cedió y empezamos a descender.

En un punto del ascenso, cuando los truenos y los rayos eran más fuertes y más frecuentes y el camino se volvía un arroyo, cuestioné nuestra responsabilidad de salir a caminar por un sendero tan desconocido y cambiante llevando a un niño de tres años; pero luego al mirar a los dos Neoyorkinos con su nena de 5 meses y su actitud estoica me llene de ánimo para continuar en el último trecho. La experiencia fue sin lugar a dudas de lo más bonito que nos pasó en McLeod.

Después de una semana en McLeod Ganj tomamos un bus rumbo a Delhi. El sleeping bus como lo llaman lo único que tiene de sleeping es el nombre, el aire acondicionado estaba super frio y las sillas reclinables eran una tortura, no solo para quien intentaba descansar en ellas, sino para la persona de atrás a quien se le clavaban en las piernas los botones y tornillos puestos detrás de la silla sin motivo aparente. Llegamos a Delhi a las 8 de la mañana y compartimos un taxi con un gringo que venía en el bus quien confesó estar “friquiado” con India, el pobre no tuvo nada bueno para comentar del país. Una muy pequeña parte de mi siente simpatía con el pobre.

Esta vez me alarmo la cantidad de gente durmiendo en las calles de Delhi, creo que no habíamos visto la ciudad a esta hora de la mañana. En cada avenida, debajo de cada puente, en cada glorieta o andén dormían o empezaban a despertar centenares de personas, en la mayoría hombres según pude ver. Gastamos el día entre la estación del tren y tiendas con aire acondicionado, también visitamos el Museo Nacional que aunque contiene artefactos maravillosos, está en un estado un poco lamentable. En la noche fuimos a la estación de tren Old Delhi Railway Station. La cantidad de gente en este lugar es alarmante, no le cabe un tinto, y como mencioné antes cada espacio del suelo está tomado por gente que duerme o descansa mientras llega su tren. Ahí es cuando uno recuerda que este país tiene dos billones de habitantes. A mí esa estación de tren me agobia un poco a decir verdad, preferiría no tener que estar ahí, los olores son muy fuertes, y se ven perros infinitamente flacos y tristes escarbando cada centímetro de las líneas de tren, también micos agresivos, grandes y chicos meciéndose en las líneas de los cables de la luz. Las filas que hay que hacer son interminables y a 40 grados centígrados dentro de la estación los ventiladores parecen no funcionar. Después de un par de horas de estar ahí y con la falta de sueño de la noche anterior en el sleeping bus, Gareth, Oisín y yo terminamos viendo la gente pasar desde un cuadrado libre que encontramos en el suelo debajo de un ventilador, esta vez éramos nosotros los que recibíamos las miradas curiosas de la gente, ya que, aunque es normal descansar en el suelo, no es normal hacerlo sin poner primero una cobija o un pedazo de tela. Nosotros a esa hora estábamos tan agotados que poder poner nuestras maletas como almohada ya era lujo suficiente. A las 9 de la noche subimos a nuestro sleeping train, esta vez el nombre si correspondía con la descripción, teníamos una cabina grande y cómoda con un camarote amplio y limpio en el tren con destino a Jodhpur. Descansamos bien y llegamos a la ciudad azul, a las 8 am del día siguiente.